Por: Ariel Romero.
Un presidente sin mando en el Gabinete.
La política, cuando se ejerce sin principios, se convierte en una administración del
poder; cuando se ejerce con valores, se transforma en un servicio. Desde la fe
entendemos que toda autoridad es, antes que un privilegio, una responsabilidad
moral. Gobernar implica rendir cuentas no solo ante la historia o las urnas, sino
también ante la conciencia.
Un presidente con gabinete que no responda a él, enfrenta un dilema que trasciende
lo administrativo: el dilema de la coherencia. En la Biblia se advierte que “¿Andarán dos
juntos si no estuvieren de acuerdo?” (Amós 3:3). Esta verdad, aunque espiritual, tiene
una aplicación directa en el ejercicio del poder político. No puede haber dirección clara
cuando quienes ejecutan el gobierno caminan en rumbos distintos.
Cuando un gabinete responde más a intereses partidarios, económicos o externos que
al proyecto presentado al pueblo, se rompe el pacto ético entre gobernante y
ciudadanía. El presidente conserva el cargo, pero pierde el control moral del gobierno.
Y donde se pierde la autoridad moral, el liderazgo se debilita.
La fe no propone gobiernos teocráticos ni líderes infalibles, pero sí exige integridad. Un
gabinete no es una suma de nombres ni un equilibrio de cuotas; es una extensión del
pensamiento y los valores del presidente. Delegar poder sin delegar convicción es una
forma moderna de abdicar sin renunciar.
Jesús enseñó que “todo reino dividido contra sí mismo es asolado” (Mateo 12:25). Esta
advertencia no es solo espiritual; es profundamente política. Un gobierno dividido
internamente genera confusión, paraliza las reformas y termina alejándose del bien
común. Mientras el discurso habla de justicia, algunas decisiones refuerzan
privilegios; mientras se promete transparencia, se toleran prácticas opacas.
Desde la fe, el servicio público debe ser un acto de mayordomía. Quien gobierna
administra lo que no le pertenece: la esperanza de un pueblo. Por eso, rodearse de
personas sin compromiso ético o sin alineación con el mandato popular no es solo un
error estratégico, sino una falta de responsabilidad moral.
La política necesita recuperar el sentido del llamado. No basta con ganar elecciones;
hay que gobernar con convicción. No basta con hablar de cambios; hay que rodearse
de quienes estén dispuestos a sostenerlos, incluso cuando incomoden. La autoridad
diluida en un gabinete, corre el riesgo de convertirse en espectador de su propiogobierno. Y cuando eso ocurre, la fe nos recuerda que la omisión también es una forma
de culpa. Callar, tolerar o justificar la incoherencia es permitir que el poder se ejerza
sin propósito.
Entre la fe y la política existe un puente ineludible: la ética. Allí es donde se mide el
verdadero liderazgo. No por la fuerza del discurso, sino por la coherencia del equipo.
Porque al final, gobernar con un gabinete alineado no es un asunto de control, sino de
fidelidad al mandato recibido y al pueblo que confió.


